¿Por qué como por la noche si no tengo hambre?

Comer por la noche sin tener hambre

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▶️ Comer sin hambre no significa necesariamente falta de voluntad

Son las diez y media de la noche. Has cenado. En realidad, no tienes especialmente hambre y, sin embargo, vuelves a la cocina buscando algo que comer.

A veces algo dulce. Otras veces empiezas con una cosa y terminas comiendo bastante más de lo que habías pensado.

Y quizá te haces una pregunta: «¿Por qué hago esto si sé que no tengo hambre?»

Y después puede aparecer otra todavía peor: «¿Por qué no soy capaz de controlarme?»

Hoy quiero proponerte que no empecemos por ahí.

Porque quizá el momento importante no sea cuando abres el armario.

Quizá tengamos que retroceder un poco. Diez minutos. Media hora. Incluso varias horas.

Y preguntarnos:

¿Cómo llegaste a ese momento de la noche?

Imagina una escena.

Te levantas temprano. Durante el día tienes trabajo, obligaciones, decisiones, quizá personas a las que atender. Vas resolviendo cosas una detrás de otra.

A mediodía comes deprisa. Por la tarde sigues funcionando y llega un momento en el que ya estás cansada, pero todavía quedan cosas por hacer.

Finalmente termina el día.

Ya no tienes que contestar mensajes. Ya no tienes que solucionar nada. Ya no tienes que rendir.

Y entonces aparece la comida.

Si miramos solamente los últimos treinta segundos de esa escena, podemos pensar:

«El problema es que está picando después de cenar».

▶️ La comida puede aparecer al final de la escena

Pero quizá la historia empezó bastante antes.

Porque muchas veces la comida aparece al final de la escena.

Y si empezamos a mirar justo cuando empezamos a comer, quizá hemos llegado demasiado tarde para comprender bien lo que estaba ocurriendo.

Hay una distinción que aquí me parece importante.

Tener ganas de comer no siempre significa tener hambre.

Eso no quiere decir que esas ganas sean falsas. Ni que haya que ignorarlas.

Quiere decir simplemente que puede estar ocurriendo otra cosa.

A veces puede haber cansancio. O aburrimiento. O inquietud. O soledad. O necesidad de desconectar. O simplemente ganas de tener un momento agradable después de un día en el que casi todo han sido obligaciones.

Y la comida tiene algo muy particular: está disponible, es rápida, requiere poco esfuerzo y puede proporcionarnos placer casi inmediatamente.

Por eso, antes de preguntarnos:

«¿Cómo consigo no comer?»

a mí me interesa otra pregunta:

▶️ «¿Qué estaba haciendo la comida por mí en ese momento?»

Y quiero detenerme aquí porque esto se puede entender mal.

No estoy diciendo que cada vez que comes chocolate exista detrás un gran problema emocional.

Ni que haya que analizar psicológicamente cada galleta.

A veces simplemente nos apetece algo y lo comemos. Y no pasa nada.

La cuestión aparece cuando observas una escena que se repite.

Cuando ocurre casi siempre a la misma hora. Cuando aparece especialmente después de determinados días. Cuando te prometes que hoy no va a suceder… y vuelve a suceder.

Ahí puede merecer la pena dejar de mirar solamente la comida y empezar a mirar la escena completa.

Y tampoco quiero que sustituyamos una explicación demasiado simple por otra.

Antes podía ser:

«Como porque no tengo fuerza de voluntad».

Y ahora podría convertirse en:

«Como porque tengo ansiedad».

No necesariamente.

La pregunta es:

¿Qué ocurre en tu escena concreta?

Supongamos que descubres que casi siempre te ocurre cuando llegas muy cansada al final del día.

La respuesta habitual podría ser:

«Pues tengo que tener más fuerza de voluntad por la noche».

Pero piensa un momento.

Si el problema aparece precisamente cuando estás cansada, ¿qué sentido tiene pedirle más capacidad de control justamente a la versión de ti que tiene menos recursos disponibles?

Quizá no necesites simplemente controlarte mejor a las diez y media.

Quizá necesites comprender cómo estás llegando a las diez y media.

Y eso cambia bastante la pregunta.

Vamos con otra situación.

Has tenido un día aparentemente tranquilo. Cenas. Te sientas en el sofá y al cabo de un rato empiezas a pensar en algo dulce.

No estás especialmente cansada.

Pero llevas toda la tarde sola. Has hecho cosas. Has visto la televisión. Has mirado el móvil.

Y, sin embargo, hay una sensación de aburrimiento, de vacío, de que el día se ha quedado un poco plano.

Aquí la comida podría estar haciendo otra cosa.

No necesariamente ayudarte a descansar.

Quizá te está dando estimulación. Quizá placer. Quizá convierte un momento plano en algo un poco más agradable.

Y si la función es diferente, la respuesta también tendrá que ser diferente.

Porque no sirve buscar cualquier alternativa.

Si estoy agotada, quizá necesito descanso.

Si estoy aburrida, quizá necesito estimulación.

Si estoy sola, quizá necesito vínculo.

Si estoy inquieta, quizá necesito regulación.

Y si lo que necesito es placer, también habrá que aceptar que el placer es una necesidad humana perfectamente legítima.

La cuestión no es conseguir una vida en la que nunca necesites nada.

La cuestión es que la comida no tenga que resolverlo todo.

▶️ No todas las ganas de comer necesitan la misma respuesta

A veces la comida termina convirtiéndose en una especie de herramienta multiusos.

Sirve para descansar. Para premiarme. Para acompañarme. Para distraerme. Para celebrar. Para calmarme. Para cerrar el día.

Y cuanto más cosas termina resolviendo, más difícil resulta simplemente decir:

«No lo hagas».

Porque quizá no estamos intentando retirar solamente un alimento.

Quizá estamos retirando una solución que esa persona lleva mucho tiempo utilizando.

Puede que no sea la solución que más le conviene.

Pero estaba haciendo algo.

Y comprender qué estaba haciendo es muy diferente de limitarse a juzgarlo.

Además, hay otra cosa que ocurre con bastante frecuencia por la noche.

Durante el día muchas personas intentan hacerlo todo muy bien.

Comen lo que consideran correcto. Evitan determinadas cosas. Se controlan. Se prometen que esta vez van a hacerlo perfectamente.

Y llega la noche.

Comen algo que no habían previsto.

Entonces aparece un pensamiento:

«Ya lo he estropeado».

Y ese pensamiento cambia completamente la escena.

Porque ahora ya no estamos decidiendo si comer o no una cosa.

Ahora aparece:

«Pues ya da igual».

▶️ El “ya da igual” también cambia la forma de comer

Y una galleta puede convertirse en muchas.

No necesariamente porque el hambre haya aumentado.

Sino porque ha cambiado el significado de lo que acaba de ocurrir.

Esto es importante.

El problema no es solamente lo que comes.

También importa lo que te dices después de haberlo comido.

Por eso, si te ocurre esto por la noche, no quiero proponerte diez estrategias.

Quiero proponerte algo mucho más sencillo.

Durante unos días, cuando aparezcan esas ganas de comer, no intentes corregirlas inmediatamente.

Primero observa.

▶️ Tres preguntas para observar qué ocurre antes

¿Qué estaba ocurriendo diez o quince minutos antes?

¿Cómo estoy llegando a este momento? ¿Cansada? ¿Aburrida? ¿Sola? ¿Inquieta? ¿Buscando placer?

Y:

¿Qué parece estar haciendo la comida por mí ahora mismo?

No tienes que acertar.

No es un examen.

Puede que al principio no tengas ni idea.

Eso también es información.

Porque quizá llevas mucho tiempo prestando atención a qué comes y muy poco a qué estaba ocurriendo antes de comer.

Y hay una cosa más.

Comprender lo que te ocurre no significa que después tengas que encontrar inmediatamente una alternativa perfecta.

Supongamos que descubres:

«Estoy agotada».

No hace falta convertir eso en otra obligación:

«Ahora tengo que meditar veinte minutos, salir a caminar, escribir en un diario y hacerlo todo correctamente».

Quizá precisamente esa noche necesitas que tu vida te pida menos.

Tal vez la pregunta pueda ser mucho más pequeña:

«¿Hay alguna manera de cuidarme un poco mejor en este momento?»

A veces será acostarte antes. O darte una ducha. O sentarte cinco minutos sin hacer nada. O llamar a alguien.

O incluso comer conscientemente aquello que has decidido comer, en lugar de hacerlo mientras te juzgas y piensas que ya has estropeado el día.

No buscamos construir otra lista de cosas que tienes que hacer perfectamente.

Buscamos aumentar tus posibilidades.

Y puede ocurrir también que, después de observar todo esto, decidas comer.

▶️ Comprender antes de intentar controlar

Eso no significa que la observación haya fracasado.

Porque el objetivo no es conseguir que nunca vuelvas a comer sin hambre.

El objetivo es que cada vez puedas estar un poco más presente en lo que te ocurre.

Que puedas distinguir mejor:

«Esto es hambre».

«Esto es cansancio».

«Esto es aburrimiento».

«Necesito placer».

«Hoy estoy buscando desconectar».

Y desde ahí decidir.

A veces elegirás comer.

Otras veces descubrirás que necesitas otra cosa.

Pero la elección ya no empieza exactamente en el mismo lugar.

Por eso, cuando alguien me dice:

«Mi problema es que por la noche no tengo fuerza de voluntad»,

yo intentaría no aceptar demasiado rápido esa explicación.

Preguntaría:

¿Qué pasa por la noche que no pasa por la mañana?

Porque probablemente tú eres la misma persona.

Tus conocimientos sobre alimentación son los mismos.

Tus intenciones son las mismas.

Lo que han cambiado son las condiciones en las que tienes que decidir.

Y quizá ahí esté una parte importante de la respuesta.

Así que, si comes por la noche aunque no tengas hambre, antes de pensar que necesitas controlarte más, prueba a mirar un poco antes.

No solamente el armario.

No solamente el chocolate.

No solamente la cantidad.

Mira cómo llegaste hasta allí.

Porque muchas veces la comida aparece al final de la escena.

Y si solamente miramos el final, podemos pasarnos años intentando corregir lo que hacemos sin comprender bien el camino que nos llevó hasta allí.

Así que esta noche no quiero proponerte que lo hagas mejor.

Quiero proponerte algo distinto:

obsérvate un poco antes.

Cuando aparezcan esas ganas de comer, pregúntate:

«¿Qué estaba pasando conmigo antes de que apareciera la comida?»

Puede parecer una pregunta pequeña.

Pero a veces cambia por completo el lugar desde el que empezamos a cuidarnos.

Y si mientras veías este vídeo has pensado:

«Mi problema es precisamente que sé perfectamente lo que debería comer, pero hay momentos en los que no lo hago»,

te voy a dejar aquí otro vídeo en el que hablamos precisamente de eso.

¿Quieres comprender qué ocurre en tu caso concreto?

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Conocer la Sesión de Claridad →

Nos vemos en el próximo vídeo.

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